LITERATURA

Mujeres inocentes en la cárcel de hielo en el Gulag

Las mujeres y los niños en el gulag soviético - Paperblog
Mujeres y niños en el Gulag

Memorias de una actriz en el gulag: el gran monumento perdido del horror en la URSS

Los capos de los campos de concentración pasaban de privilegiarla a violarla, los enamorados de clase la delataban y las delincuentes con las que compartía barracones intentaban envenenarla, pero también había compañeras de presidio que la cuidaban y amigos del colegio que le eran fieles sin esperar nada a cambio.

Actualizado 

 

Las memorias de Tamara Petkévich, hasta ahora inéditas en español, se unen a la tradición de los grandes testimonios íntimos del totalitarismo, de Sozhenitsin a Grossman.

Tamara Petkévich.
Tamara Petkévich

Cada libro de testimonio sobre los horrores del siglo XX, cada memoria escrita por un superviviente de la Shoá, del gulag, de la Revolución Cultural o de los jemeres rojos se parece a los demás y es, a la vez, radicalmente nuevo. La descripción del sufrimiento físico, del hambre y de la humillación, el descubrimiento de la mezquindad y de la compasión, la tentación de sobrevivir por el método de actuar inmoralmente, la búsqueda de un núcleo de dignidad humana en las peores condiciones posibles, la persistencia de la amabilidad… Todo eso está en Memorias de una actriz en el gulag, de Tamara Petkévich (editado por Periferica y Errata Naturae). Todo eso está y se reconoce como ya leído, pero, a la vez, el martirio de Petkóvic suena turbador y único como si fuera el primero. La autobiografía de la actriz rusa (1920-2017) acaba de llegar al idioma español como si fuera un gran monumento del que, increíblemente, nadie hubiese escuchado hablar hasta ahora.

¿Qué distingue a Petkévic de otros documentos del gulag? Quizá un leve aire de melancolía estetizante, de refinamiento en el paisaje que quizá sea un forma de rebeldía en el fondo. La autora de Memorias de una actriz en el gulag se identifica desde el principio como una niña privilegiada, la hija de un bolchevique de primera hora que pudo instalar a su familia en San Petersburgo, en el apartamento de algún aristócrata del antiguo orden huido o asesinado, entre delicadezas inimaginables. Aunque parezca una frivolidad anotarlo, Petkévic fue una mujer culta y guapa y cayó pronto en desgracia, así que causó entre aquellos que la rodearon la estupefacción que provocaban las mujeres desgraciadas y guapas en aquel mundo y quizá en este también. Generó celos, deseo, idealización romántica, anhelo de protección y ensañamiento y todo eso le ocurrió en el liceo, en la familia, en el trabajo y en el gulag. Los capos de los campos de concentración pasaban de privilegiarla a violarla, los enamorados de clase la delataban y las delincuentes con las que compartía barracones intentaban envenenarla, pero también había compañeras de presidio que la cuidaban y amigos del colegio que le eran fieles sin esperar nada a cambio.

Memorias de una actriz en el gulag no tiene la vocación analítica de los libros de Evgenia Ginzburg pero tiene su parte de valor como documento político. La historia es, de nuevo, la de siempre: el padre de Petkóvic fue purgado sin un motivo claro. Un día, cuando la gran redada de 1938, llegó a casa el coche negro de la NKVD (la base de la KGB) y aquel hombre carismático y colérico desapareció para siempre. Al cabo de los años, Petkévic supo que su padre había sobrevivido hasta los años 60 sin que ella pudiera saberlo ni reencontrase con él.

El desclasamiento también existía en la fraternal Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tamara Petkévic, su madre y sus dos hermanas perdieron sus privilegios, suspendieron sus anhelos y se emplearon como bordadoras. Peor aún que eso: el mundo que las rodeaba empezó a mirarla con ojos diferentes. Tamara tenía un buen grupo de amigos, chicos educados, estudiantes universitarios, pianistas, aficionados al arte de vanguardia… No eran ni opositores ni entusiastas del régimen, pero el Estado, tan ineficiente para tantas cosas, sabía todo de ellos, los espiaba con una diligencia admirable. Y Tamara, la más frágil del grupo, recibía la presión del sistema en forma de personajes oscuros que se le hacían los encontradizos y que le daban consejos no solicitados: «Ayúdanos y te ayudaremos, ve con cuidado si quieres a tus hermanas, piensa en lo que le ocurrió a tu padre».

En ese acoso, Petkévic decidió huir: aceptó el cortejo de un pretendiente extraño, un estudiante de Medicina ajeno a su círculo, que había marchado a Kirguistán en una forma de exilio-gulag suave y que le había pedido que lo acompañara. Aquello ocurrió 1940 y salvó su vida. Un año después, Alemania atacó a la URSS y dirigió su ofensiva hacia San Petersburgo, donde la madre de Petkévic y una hermana murieron de hambre. Al mismo tiempo, aquella extraña huida marcó la suerte de Petkévic ante la NKVD. Pronto, el coche negro llegó a por ella. La acusaban de una descabellada conspiración con alguna agencia de espionaje extranjera no determinada.

Durante algunas páginas, la historia de Memorias de una actriz en el gulag se convierte en una obra de teatro absurdo. Los interrogadores de Petkévic actúan primero con una cordialidad untuosa, después se vuelven odiosos y al cabo de dos párrafos, se muestran conmovedoramente frágiles. Tienen tanto miedo como su interrogada. La causa que sostienen es incomprensible y las pruebas en las que se apoyan son una cosa y su contraria. Así que hay un momento en el que la sentencia parece una liberación.

Memorias de una actriz en el gulag dedica la otra mitad de sus 704 páginas a explicar qué era el gulag: un desorden agotador, sobre todo. Los reclusos marchaban a pie de un campo a otro, recogían cáñamo a mano y a costa de su salud, como si fueran esclavos negros en Alabama, sufrían escorbuto, contaban los gramos de pan de su dieta diaria y, sobre todo, convivían con la ferocidad de los presos comunes, más temibles que sus vigilantes.

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Tamara Petkévich: Una Vida de Lucha y Resiliencia en el Gulag

Nos habían robado la vida. ¿Quién? El Estado Soviñetico.

Las narraciones de la vida en los campos de trabajo en la Unión Soviética van acompañadas de violaciones y de prostitución, niños muertos e interrogatorios brutales…

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Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn y Los cuentos de Kolimáde Varlam Shalámov figuran entre los relatos más célebres de supervivientes del Gulag. Por lo general, las memorias de las mujeres prisioneras son menos conocidas, pero ofrecen al lector una mirada nueva e inolvidable sobre una época histórica aterradora.

Además de los numerosos horrores hay también historias sorprendentes e inspiradoras de amor y amistad, resistencia e ingenio. Estos extremos se muestran con todo lujo de detalles, vívidos e inolvidables, en los libros escritos por mujeres que sobrevivieron a los campos de trabajo.

 “La página más sangrienta de nuestra historia”

Sexo y partos

Abrumadas por la desoladora vida en los campos de trabajo, algunas mujeres encontraron la manera de intercambiar favores sexuales con los funcionarios de los campos para obtener comida y condiciones de vida mejores. No todas, sin embargo, sucumbieron a esa tentación, que llevaba a ganarse el desdén y la hostilidad de las otras compañeras.

“Sus manos azules, congeladas, con sus dedos engarabitados, se estiraron hacia mí”, escribe Ginzburg. Cuando le ofrecen dinero a cambio de sexo, comenta irónicamente que antes sólo se había encontrado con el tema de la prostitución en tanto que problema social o recurso teatral.

Las escritoras de memorias a menudo habían sido arrestadas por razones políticas, en virtud del infame artículo 58 del Código Penal. Marcada como “hija de un enemigo del pueblo”, Petkevich fue arrestada con apenas veinte años en 1943. Mujer hermosa, fue objeto de frecuentes asaltos sexuales. Cuando rechazaba al jefe del departamento de cultura y educación, él bramaba: “Te pudrirás. Te arrastrarás a mis pies en busca de ayuda…”.

Petkevich describe a continuación cómo eran separadas las madres de sus hijos y recuerda a una prisionera desnuda “maldiciendo y gritando que estaba de nuevo embarazada y que tenían que permitirle quedarse con su hijo”. Los guardias se la llevaron al barracón de castigo “desde donde sus gritos siguieron llegando hasta nosotras durante mucho tiempo después”.

“La felicidad de las prisioneros”

En contra de toda expectativa, algunas de las historias que emergen del Gulag trascienden la brutalidad. Orlando Figes, en su conmovedora historia epistolar “Just Send Me Word”, documentó la relación entre Lev y Sveta después del encarcelamiento de Lev. Sveta lo puso todo en riesgo para visitarlo y enviarle cosas de primera necesidad. Las 1.500 cartas que se enviaron son un homenaje al espíritu humano.

La amistad más famosa del Gulag se fraguó entre Ariadna Efron, hija de la poeta Tsvetáieva, y Ada Federolf, cuyas memorias se publicaron juntas en un único volumen titulado “Trabajos no forzados”. Efron escribió en una carta que su relación con Federolf había “aguantado la prueba de diez años viviendo en unas condiciones cuyas dificultades vosotros, por suerte, a duras penas podríais imaginar”. Federolf describe su placer al encontrarse con Ariadna de nuevo después de una separación. “Aquí está la felicidad de los prisioneros, la felicidad de encontrarse simplemente con una persona”.

Varias memorias describen el uso de los golpeteos cifrados para comunicarse entre celdas. Cuando Ginzburg finalmente descifra los saludos de su vecino, pacientemente repetidos, ella “experimenta su felicidad” a través de las losas de piedra de la pared. Para Ginzburg “no hay amistades más fuertes que las hechas en prisión”. La literatura también se convertía en una mano amiga que salvaba del desespero. Ginzburg recita poesía rusa, compone y memoriza sus propios poemas preguntándose: “¿En qué confiar / cuando todo son mentiras?”.

О самом ужасном никогда всего не расскажешь» | Colta.ru
Tamara Petkévich

Petkevich, que llegó a ser actriz, primero con una compañía de teatro que hacía giras por los campos de trabajo y finalmente en el mundo exterior, a menudo comenta el poder del arte. Las historias que recitaba se convertían en “más poderosas que mi propio sufrimiento”. En un concierto celebrado en un campo penitenciario “toda la sala se puso a llorar… Nos habíamos olvidado de cómo sonaba la música”.

Tamara Petkévich: Una Vida de Lucha y Resiliencia en el Gulag

En el libro “Memorias de una actriz en el gulag” de Tamara Petkévich, se despliega una historia real de supervivencia y exploración profunda del alma humana en los oscuros confines del régimen soviético. Esta obra literaria, de un calibre excepcional, se erige como un testimonio invaluable, alineándose con las obras más destacadas sobre el gulag, como las de Aleksandr Solzhenitsyn, Eugenia Ginzburg o Varlam Shalámov.

Tamara Petkévich, la joven presa que se hizo actriz en el gulag | Babelia | EL PAÍS
Prisioneros en el gulag de Vorkuta, uno de los mayores campos de trabajo de la Unión Soviética, en 1945

Tamara Petkévich, nacida en San Petersburgo en 1920, vivió una infancia privilegiada en una familia con fuertes convicciones revolucionarias afiliada al Partido Comunista Bolchevique. Sin embargo, su vida dio un vuelco trágico a los diecisiete años cuando su padre fue arrestado durante la Gran Purga, y toda su familia fue marcada como “enemiga del pueblo”. Este oscuro destino la llevó a enfrentar siete años de trabajos forzados en el gulag, donde experimentó las profundidades del infierno estalinista y la implacable lógica que había decidido su culpabilidad de antemano. Frustaron sus estudios de Medicina. Muere en año 2017. Condenada a 17 años en el Gulag. Pao hambre y calamidades.

En el gulag, Tamara desempeñó diversas tareas, desde controladora de producción en una fábrica hasta enfermera, pero fue en este contexto adverso donde descubrió su pasión por la actuación. Su historia es un testimonio del poder del arte para mantener viva la llama de la humanidad en las condiciones más inhumanas. A lo largo de su odisea, nunca perdió su valentía, su deseo de vivir y su capacidad de amar.

Las muchas vidas de Tamara Petkévich, superviviente del gulag | La Lectura
Las muchas vidas de Tamara Petkévich, superviviente del gulag.  Considerado un clásico de la literatura concentracionaria, las memorias de la actriz rusa ofrecen un detallado relato del funcionamiento de los centros de represión comunistas

 

Las memorias de Tamara Petkévich ofrecen una mirada cinematográfica y una narración impecable que nos transporta directamente a su lucha y la de sus compañeros por preservar la dignidad en medio de la oscuridad del gulag. Con una franqueza extraordinaria, nos presenta vívidos recuerdos de aquellos que la rodearon, desde la traición de los más cercanos hasta la inestimable ayuda de extraños. Estas memorias no son solo un registro de primera mano de las atrocidades en la Rusia estalinista, sino también un testimonio urgente del rechazo radical a cualquier forma de dictadura.

Tamara Petkévich, una mujer de coraje indomable, hizo de su “profesión accidental” en el teatro de prisioneros su destino, incluso después de su liberación. Su vida se vio marcada por una persistente dedicación a las artes escénicas, que finalmente la llevó a convertirse en una destacada figura en el mundo del teatro en Leningrado. Sus memorias, escritas en los años sesenta y publicadas en 1993, han dejado una huella indeleble en la literatura y el testimonio de esa época sombría de la historia rusa.

Los libros de la semana: de las memorias sufridas en un gulag a la versión «woke» de «Los Cinco»En resumen, las memorias de Tamara Petkévich nos ofrecen una ventana a la lucha, la resiliencia y el poder del arte en medio de la opresión. Su vida y obra continúan siendo un testimonio inspirador de la fuerza del espíritu humano en los momentos más oscuros de la historia.

Monumento a las víctimas de la represión política en la Unión Soviética en la plaza Lubianka de Moscú frente al cuartel general del FSB (antes NKVD y KGB), realizado a partir de una roca del campo de trabajos de Solovkí. Otra en San Petersburgo: La inscripción reza A los luchadores por la libertad. Innovas

Compilación y elaboración: Luis Alberto Pintado Córdova

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18 Comentarios

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  1. Los campos de concentración fueron una parte integral del régimen de la Alemania nazi entre 1933 y 1945 y los Gulag de Unión Soviética fueron de lo más criminal para todos los que no pensaban como los nazis y comunistas. actos criminales que no se deben olvidar..
    El término campo de concentración se refiere a un campo en el cual se detiene o se confina a la gente, usualmente bajo condiciones duras y sin respeto a las normas legales de arresto o encarcelación que son aceptables en las democracias constitucionales. Muchoa histporiadores afirman que el gulag soviético fue peor que el de los nazis.

  2. Abrumadas por la desoladora vida en los campos de trabajo, algunas mujeres encontraron la manera de intercambiar favores sexuales con los funcionarios de los campos para obtener comida y condiciones de vida mejores. No todas, sin embargo, sucumbieron a esa tentación, que llevaba a ganarse el desdén y la hostilidad de las otras compañeras. Muchas se prostituían por necesidad y sobrevivencia y salían en estado abortaban en las peores condiciones, varias murieron producto de abortos.

  3. Los Gulag fueron instalados para varias categorías de personas consideradas «peligrosas para el Estado»: para delincuentes comunes, para prisioneros de la Guerra Civil Rusa, para oficiales acusados de corrupción, sabotaje o malversación, para varios «enemigos políticos» y disidentes, así como antiguos aristócratas, hombres de negocios, terratenientes, obispos y sacerdotes, en especial de la Iglesia ortodoxa rusa por ser la confesión mayoritaria del país. Los comunistas hicieron aberraciones y crueldades peores que los nazis en la región más fría del planeta. Recluyeron mujeres y niños prisioneros que sufrieron babrbaridad y medoia como si estuvieran en el infierno.

  4. Lo más brutal del comunismo, los Gulag, se refieren a todas las prisiones y campos de concentración de la historia soviética (1917-1991) como los gulag. Además, últimamente el término se utiliza con frecuencia de un modo no relacionado con la Unión Soviética. Murieron millones de personas inocentes que estaban de acuerdo con el comunismo.

  5. Hasta en los lugares más horribles y sufridos del mundo se cosechan amistades. La amistad más famosa del Gulag se fraguó entre Ariadna Efron, hija de la poeta Tsvetáieva, y Ada Federolf, cuyas memorias se publicaron juntas en un único volumen titulado “Trabajos no forzados”. Efron escribió en una carta que su relación con Federolf había “aguantado la prueba de diez años viviendo en unas condiciones cuyas dificultades vosotros, por suerte, a duras penas podríais imaginar”. Federolf describe su placer al encontrarse con Ariadna de nuevo después de una separación. “Aquí está la felicidad de los prisioneros, la felicidad de encontrarse simplemente con una persona”. Hermosa historia y desgarradoras escenas.

  6. Memorias de una actriz en el gulag no tiene la vocación analítica de los libros de Evgenia Ginzburg pero tiene su parte de valor como documento político. La historia es, de nuevo, la de siempre: el padre de Petkóvic fue purgado sin un motivo claro. Un día, cuando la gran redada de 1938, llegó a casa el coche negro de la NKVD (la base de la KGB) y aquel hombre carismático y colérico desapareció para siempre. Al cabo de los años, Petkévic supo que su padre había sobrevivido hasta los años 60 sin que ella pudiera saberlo ni reencontrase con él. Algo que enriqueció mi cultura histórica y política. El horror del comunismo.

  7. La descripción del sufrimiento físico, del hambre y de la humillación, el descubrimiento de la mezquindad y de la compasión, la tentación de sobrevivir por el método de actuar inmoralmente, la búsqueda de un núcleo de dignidad humana en las peores condiciones posibles, la persistencia de la amabilidad…Todo fue horrible en el Gulag.

  8. Las narraciones de la vida en los campos de trabajo en la Unión Soviética van acompañadas de violaciones y de prostitución, niños muertos e interrogatorios brutales…Hubieron niños que nacieron en el Gulag en la peor de las condiciones.

  9. Los capos de los campos de concentración pasaban de privilegiarla a violarla, los enamorados de clase la delataban y las delincuentes con las que compartía barracones intentaban envenenarla, pero también había compañeras de presidio que la cuidaban y amigos del colegio que le eran fieles sin esperar nada a cambio. Que bárbaro, el legado negro del comunismo al mundo. Sus campos de concentración fueron peores que la de los nazis.