Las cifras que desmontan el mito de que España robó el oro de América

ESPAÑA EN EL MUNDO

El descubrimiento de importantes minas de metales preciosos en América vertebró el crecimiento de estas ciudades y terminó por convertirse en un importante flujo de riqueza para Castilla

César Cervera

CÉSAR CERVERA. ABC Historia.  Historiador y escritor. Periodista por la Universidad de Madrid. Fundador y creador de la página web Una Pica en Flandes y es autor de Los Austrias. El imperio de los chiflados y Superhéroes del imperio. Los mitos y realidad de los hombres que forjaron España, ambos publicados con gran éxito en esta editorial.

09/07/2022 a las 02:20h.

 

Desde el primer contacto de Cristóbal Colón con la población de lo que él consideraba una isla de Asia, pero en verdad era un nuevo continente, los Reyes Católicos ordenaron evangelizar cuantos antes a los indígenas y no usar la violencia con ellos.

Frente al hambriento afán por el oro de los conquistadores, desde la Corte de los Reyes Católicos se preocuparon repetidas veces porque aquellos nuevos territorios fueran una prolongación de Castilla en ultramar, y no unas colonias a las que explotar hasta la última gota. Y aunque en ocasiones se impuso la sed de oro, la creación de cientos de ciudades, catedrales, universidades, caminos e incluso hospitales (entre 1500 y 1550, se levantaron unos 25 hospitales grandes y un número mayor de pequeños) demostró que para Corona aquel continente, aquella empresa atlántica, iba más allá de intereses económicos o comerciales.

El descubrimiento de importantes minas de metales preciosos en América vertebró el crecimiento de estas ciudades y terminó por convertirse en un importante flujo de riqueza para Castilla. O más bien para las guerras que mantenía en Europa la dinastía de los Habsburgo, que aprovecharon la débil posición de las Cortes castellanas tras la Guerra de las Comunidades para aumentar la presión fiscal en este reino. Pocos kilos del oro y la plata que atracaban en Sevilla procedente de América se invertía realmente en Castilla. A veces ni siquiera llegaba a pisar territorio ibérico.

Las primeras fuentes de riqueza

Junto a las encomiendas la primera gran fuente de ingresos de los conquistadores en esta fase fueron los botines de guerra, los saqueos a poblaciones prehispánicas y las expediciones en busca de tesoros fabulosos que inflaban la imaginación de aquellos hombres procedentes en su mayoría de Extremadura y Andalucía. En su origen bastaba con el trueque de oro a cambio de objetos europeos, pero más pronto que tarde llegaron los saqueos. Con la caída de los grandes imperios se pasó a la explotación propiamente minera, primero con el lavado del metal procedente de las arenas de los ríos, y luego con el establecimiento de enormes yacimientos de oro y plata.

La población indígena ya había explotado en pequeña escala la mayoría de estas minas de metal. Los españoles incluso copiaron de los indígenas en un principio la precaria técnica para purificar esta plata, puesto que se necesitaba mezclar con otras sustancias la plata pura antes de retirarla. El método de la «huaira» consistía en introducir en unos hornos la plata pura para que se derritiera por el fuego y saliera purificada. Así y todo, el sistema hacía que se perdiera parte del material y conforme se agotaba la plata de superficie se hacían necesarias técnicas más avanzadas.

​ Francisco Pizarro​ fue adelantado y primer gobernador de Nueva Castilla

 

Desde México, donde estaban las también fructíferas minas de Zacatecas, se exportó al Virreinato de Perú la técnica del azogue (el nombre antiguo del elemento químico mercurio), que requería moler previamente la plata para que, una vez hecha polvo, fuera absorbido por el mercurio. Más tarde se separaba el mercurio de la plata para obtener su pureza. El método era mucho más efectivo, tres veces más productivo que la huaira peruana, y, además, se vio beneficiado por el descubrimiento de unas minas de azogue en Huancavelica por aquellas mismas fechas.

La producción de plata se disparó a partir de la generalización en el uso de mercurio. La extracción era laboriosa y además este proceso de mezcla también requería mucha mano de obra. Ante la demanda de más mineros se establecieron las normas para el trabajo de los indígenas en estas minas. El virrey Francisco de Toledo generalizó en la década de 1570 el sistema de la mita, que se fundamentaba en la creación de turnos de trabajo obligatorio entre la población indígena para labores mineras.

Lo que España extrajo en 150 años es lo que, según los registros de CEIC, ha producido solo en los últimos cinco años Perú

Entre 1503 y 1660, se estima que a Sanlúcar de Barrameda llegaron unos 185.000 kilos de oro y diecisiete millones de kilos de plata procedentes del Nuevo Mundo. La cifra puede parecer muy alta, pero solo supone una pequeña parte de las reservas americanas aún existentes. Según la web CEIC dedicada a datos macroeconómicos, México extrajo en 2019 una cantidad de 110.000 kilogramos de oro y Perú, 130.000. Lo mismo se puede decir de la plata: lo que España extrajo en 150 años es lo que, según los registros de CEIC, ha producido solo en los últimos cinco años Perú.

Los gastos traen deudas, incluso con plata

El mito de que España fue la gran beneficiada de esta explotación minera tiene muchos matices. La llegada de grandes remesas de oro y plata a los puertos castellanos disparó la inflación en la Península (en 1600 los precios estaban en un nivel cuatro veces superior a los de 1501) y destruyó el tejido productivo, puesto que los españoles básicamente exportaban materias primas e importaban productos manufacturados. «El no haber dinero, oro ni plata en España es por haberlo y el no ser rica es por serlo», planteaba con acierto González de Cellorigo. Este economista señalaba a principios del XVII que la decadencia se debía al progresivo abandono de «las operaciones virtuosas de los oficios, los tratos, la labranza y la crianza» por parte del pueblo.

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

 

A su vez, una quinta parte de los metales que llegaban estaba reservada para la Corona castellana, que bajo la soberanía de la dinastía de los Austrias la invertía casi en su totalidad en financiar las guerras europeas del Imperio español, que no siempre coincidían con los intereses castellanos. Coincidiendo con el momento de mayores envíos de plata, el Imperio español destinó 7.063.000 millones de ducados (El Monasterio del Escorial costó 6,5 millones ) para el mantenimiento de su flota mediterránea y 11.692.000 para el Ejército de Flandes entre 1571 y 1577.

La decadencia de la Península impulsa a Perú

Tras un crecimiento récord durante todo el reinado de Felipe II, los años finales del siglo XVI mostraron los primeros síntomas de agotamiento en la explotación de plata. Entre 1604 y 1605 la disminución de las remesas de metales se sintió con fuerza, arrastrando este problema hasta 1650. Esta contracción no era debida a que las minas se hubieran secado de golpe (las remesas seguían siendo gigantes), sino a que la crisis castellana, con su caída demográfica, sus derrotas militares, el aumento del coste de las defensas americanas y sus problemas económicos, terminó por afectar al engranaje perfecto que había sido hasta entonces la Carrera de Indias.

Las colonias alimentaban cada vez más el comercio propio, de tal modo que el capital se quedaba allí, tanto a través de inversiones privadas como públicas. Como señala John Lynch, «una importante cantidad de plata permanecía en América, donde el proceso histórico era más de transformación que de hundimiento».

Panorámica del puerto de Veracruz, el más importante de la América Española

 

A partir de 1640, fueron muchos los mercaderes españoles que invertían sus metales preciosos en América, sobre todo en Perú, en vez de arriesgarse a que fueran confiscados en España o se perdieran en el viaje. Este capital fue la base para la transformación de las ciudades en la era posterior a la minería.

El crecimiento de las ciudades trajo a su vez una diversificación de actividades y una reorientación económica. Cuando llegó a su fin el primer ciclo minero, México se reorientó a la agricultura y la ganadería y comenzó a autoabastecerse con productos manufacturados. Perú tardó más en diversificar su actividad, pero cuando absorbió los beneficios de su propia actividad minera los invirtió en crear una red de comercio intercolonial que era independiente de la metrópoli. De alguna forma, la recesión de la Península supuso el despegue de América.

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Juan Pablo de Carrión, el ‘Rambo’ español que sometió a un millar de piratas en el fin del mundo

A sus habituales catanas y armaduras de bella factura, los piratas japoneses sumaron artillería de procedencia europea, lo que les convertía en la mayor amenaza del Imperio español en el Pacífico

César Cervera

CÉSAR CERVERA. Historiador y escritor español. ABC

10/06/2019

Había fracasado más que vivido. Hasta que Juan Pablo de Carrión tuviera en 1582 que defender el río Cagayán , en las Islas Filipinas, de un grupo de piratas japoneses que le superaba diez a uno, las oportunidades de éxito le habían sido esquivas. Nacido en 1513, este castellano (no está claro si de Valladolid o de Carrión de los Condes , Palencia) se embarcó muy joven hacia México y, desde allí, a las llamadas islas del Poniente . La exploración del Pacífico y el dar con una ruta para volver de Filipinas a la costa de Nueva España se convirtieron en una obsesión para toda una generación de marinos y aventureros como él. No todos tuvieron la suerte de elegir la expedición más afortunada.

Mientras desde España se botaban nuevas flotas al Pacífico, Hernán Cortés inició su propio proyecto de adentrarse en este océano. Con la mira puesta en las Islas de Poniente, desde Nueva España (México) se envió hacia a aquel territorio al malagueño Ruy López de Villalobos para que estableciera un «tornaviaje», es decir, una ruta de ida y vuelta entre México y Filipinas. El joven Carrión estuvo presente como timonel en esta empresa, que partió del puerto mexicano de Barra de Navidad el 1 de noviembre de 1542 con una flotilla de cuatro navíos mayores, un bergantín y una goleta. La experiencia de Carrión en Filipinas fue espantosa, tal como para no haber vuelto nunca, pero el castellano tuvo la suerte de integrar las filas de los escasos de supervivientes que pudo volver a España tras una azarosa travesía.

Resulta difícil reconstruir la vida y lo que se pasaba por la cabeza de Carrión, en tanto hasta entonces había sido un don nadie.

De aquel mal trago, Carrión regresó a España para servir de tesorero del Arzobispo de Toledo, Juan Martínez Guijarro , un eclesiástico con inclinación por las matemáticas. La vida tranquila en Toledo permitió al buscavidas castellano casarse, en 1559, con María de Salcedo y Sotomayor . Así las cosas, a la muerte del arzobispo volvió a las andadas en Nueva España, donde seguían organizándose nuevas expediciones que arrojar sobre Filipinas. Abandonó a su familia y sus comodidades por un destino incierto. Acaso, ¿se le había secado la mollera? Resulta difícil reconstruir la vida y lo que se pasaba por la cabeza de Carrión cuando viajó una vez más a América.

La historia de un fracaso

En tierras mexicanas el virrey Luis de Velasco dio licencia al castellano para trabajar en el puerto de la Navidad, un lugar escogido para armar los barcos que viajaban al Pacífico. Juan Pablo Carrión aportó su experiencia para fabricar los bajeles y permaneció allí durante un lustro. Mientras su mujer vivía en Sevilla, los cronistas coinciden en que el timonel castellano hizo vida marital con una tal Leonor, vecina de Zapotlán , estando en el mencionado puerto. La afición por coleccionar esposas iba a ser su perdición…

Carrión participó en los preparativos de una nueva expedición a Filipinas. El timonel presionó para poder unirse en la tripulación de Miguel López de Legazpi Andrés de Urdaneta , pero su mala relación con el segundo dejó fuera a Carrión de lo que fue el principio de la colonización de parte de Filipinas. El castellano no solo se perdió esta feliz aventura, que logró establecer el anhelado «tornaviaje» a través de la corriente de Kuro-Shiwo, sino que vivió mientras tanto una auténtica pesadilla a nivel familiar.

En 1566, la Inquisición le abrió un procedimiento por casarse ese año con Leonor Suárez de Figueroa . El turbio asunto le costó al castellano el embargo de sus bienes, además de la obligación de viajar a Sevilla a vivir una temporada con su primera esposa. Se salvó de los remos y la humillación pública, pero aquí no terminó su pena. Preso de nuevo en 1574, decidió a su salida, tal vez previniendo más idas y venidas, poner otro océano más entre la Inquisición y él.

Entrada al Fuerte de Santiago, vestigio de la presencia española en Manila. 

 

El navegante partió rumbo a Filipinas al mando de una expedición para apuntalar la conquista de Legazpi . Tras años de luchas entre españoles y portugueses, las Islas Filipinas, un punto de encuentro entre distintos mundos, se enfrentó al mayor reto desde la llegada de los europeos. Los ataques de piratas chinos y japoneses amenazaban con echar al traste la presencia española en Filipinas. La cantidad de mercancías que se acumulaban en torno a Manila sirvieron de atracción para los comerciantes chinos, los sangleys, y para los piratas, como la luz y el sonido repetitivo de las tragaperras a los jugadores.

«Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería»

Hacia la década de los ochenta, los aguijonazos de los piratas japoneses se empezaron a sentir en el emporio comercial español. Los llamados wokou , «bandidos enanos», vivieron en esos años un resurgimiento, si es que alguna vez habían perdido fuelle, frente a los que ellos apodaban los nambanjin, «bárbaros del sur». Las sucesivas guerras civiles en Japón empujaron a las facciones vencidas a buscar fortuna en el mar, mientras el exceso de samuráis sin señor, los «ronin» (llamados «hombre ola» por su carácter errante), y los soldados sin ejército, los «ashigaru», permitió a los wokou alimentar sus flotillas piratas con tropas distinguidas. El 16 de junio de 1582, Felipe II recibió del gobernador general de Filipinas Gonzalo Ronquillo de Peñalosa , una carta advirtiendo del peligro de estos combatientes:

«Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas».

La amenaza de Tay-Fusa

A sus habituales catanas y armaduras de bella factura, los piratas japoneses sumaron artillería de procedencia europea. Al igual que en América, los españoles tenían restringido el comercio de armas de pólvora y de hierro con las poblaciones locales del Pacífico, no así los portugueses. Los arcabuces europeos y pequeñas piezas de artillería hicieron las delicias de los señores de la guerra nipones. De hecho, favoreció la escalada de poder del gran señor feudal Oda Nobunaga , que con la ayuda de las nuevas armas traídas por los europeos procuró unificar el país tras un período de guerra civil entre las distintas facciones. Su victoria en Nagashino (1575) está considerada tradicionalmente como la primera batalla que se decidió por el empleo de las armas de fuego en Japón .

Los piratas aprovecharon estas armas de la misma forma en el Pacífico. Un capitán pirata llamado Tay-Fusa se reveló como el más audaz y temerario de esta hornada de ladrones del mar artillados. La carta de Ronquillo al rey obedeció a un furtivo golpe del japonés que situó al borde de desastre el control de Filipinas . Atacó en 1582 por sorpresa la isla de Luzón y estableció una base en la provincia de Cagayán, en la punta más al norte de Filipinas . Su ejército de más de mil hombres, samuráis sin señor incluidos, exigió un insolente rescate al gobernador español a cambio de las vidas de los habitantes de la provincia capturados en el ataque. Lo que Tay-Fusa no fue capaz de calcular es que el Imperio español no negociaba con piratas.

El general de la Armada, Juan Pablo Carrión , fue lanzado a la zona para desalojar a los ladrones con una fuerza raquítica de 40 soldados, la mitad de estos indígenas mexicanos de Tlaxcala. Carrión ni siquiera era un soldado profesional ni alguien con mucha experiencia en combate. Había serias dudas de que aquel hombre entrado en años, coleccionista de mujeres y de fracasos, tuviera el talento de vencer a una fuerza tan numerosa. La flota de Tay-Fusa superaba a toda la armada española en Asia, aunque solo fuera de forma cuantitativa. Frente a la inmensidad verde de la costa de Luzón , tal vez Carrión se preguntaba lo mismo mientras rastreaba las huellas enemigas desde el castillo de popa de su galera, la capitana de una flotilla de siete naves de escaso tamaño y mal artilladas.

Los guerreros occidentales portaban sobre sus hombros siglos y siglos de guerra en Occidente, una combinación de técnica, disciplina, tradición militar, agresividad y la extraordinaria capacidad de adaptarse con rapidez a cada nuevo reto

Cuando al fin divisó a una de las embarcaciones enemigas, no dudó en abordar su cubierta ocupada por una multitud de piratas. Sus 40 soldados eran pocos frente a tantos enemigos, a lo que confiaba en que el acero toledano y las tácticas europeas compensasen la desventaja. Los guerreros occidentales portaban sobre sus hombros siglos y siglos de guerra en Occidente, una combinación de técnica, disciplina, tradición militar, agresividad y la extraordinaria capacidad de adaptarse con rapidez a cada nuevo reto. Además, el viejo confiaba en que durante la fase de abordaje la marinería se sumaría también a la lucha cuerpo a cuerpo. Tras ablandar la cubierta con sus cañones, la galera de Carrión aprovechó el desconcierto para iniciar un abordaje, tímidamente respondido por los arcabuceros japoneses.

El contraataque pirata no se hizo esperar, amparados en que eran más. En el castillo de proa, los españoles formaron el clásico esquema defensivo del Mediterráneo , con una línea combinada de picas y arcabuces, para minar con lentitud a las indisciplinadas huestes que habían invadido su barco. El propio Carrión cortó de un sablazo la driza del palo mayor para aumentar la cobertura de los españoles.

Las junglas del Pacífico

Con el intercambio de balas, los piratas registraron muchas bajas. Retrocedieron hacia su barco, sin percatarse de que aún no había acabado la jornada. El otro barco grande de los españoles, el navío San Yusepe , embistió la posición enemiga para barrer su cubierta. Desaparecido el perro guardián que vigilaba el río Grande de Cagayán (llamado Tajo) , la flotilla de Carrión remontó sus aguas abriéndose camino entre 18 champanes, unos barcos ligeros escurridizos y más rocosos de lo que parecían a simple vista. Cientos de piratas cayeron en esta entrada triunfal de los españoles a la boca del río, barriendo cubiertas al son de la pólvora.

Revestido casi por completo de hierro, Carrión eligió un lugar recodo del río para desembarcar sus tropas. Allí ordenó cavar trincheras y situar la artillería a pocos metros de los cocodrilos y otras bestias, de modo que los españoles estaban ya fortificados cuando Tay Fusa intentó en tierra lo que no había logrado vía marítima: aniquilar al grupo salvaje de aquel viejo. Lo procuró después de que el capitán castellano se negara a pagarle oro a cambio de que los piratas se marchasen de Cagayán . Durante tres asaltos, los 40 soldados le aclararon al nipón que, si acaso, eran ellos los que iban a terminar pidiendo pagar con tal de salir con vida. Al primer ataque formado buscaron arrebatar las picas europeas agarrando sus afiladas puntas, si bien Carrión, perro viejo, había ordenado que las untaran con sebo para hacerlas resbaladizas.

Durante tres asaltos, los 40 soldados le aclararon al nipón que, si acaso, eran ellos los que iban a terminar pidiendo pagar con tal de salir con vida.

A sus 69 años, Carrión se mantuvo en primera fila de combate hasta el final. La tercera oleada arrinconó a los españoles , sin apenas pólvora y con al menos una decena de bajas. No obstante, su disciplina les permitió resistir con paciencia en la trinchera, hasta que el rumor de derrumbe entre las tropas piratas se transformó en un estruendo. Entre la batalla y la persecución que ejecutaron sin piedad los españoles por la orilla, Tay Fusa perdió a 800 tripulantes. Ni siquiera sus samuráis sirvieron de gran cosa a pesar de su imponente estampa, con aquellas máscaras grotescas y sus armaduras pintorescas. Lo espectacular del equipo ocultaba que la carencia de hierro de buena calidad y las peculiares condiciones de las guerras japonesas convertían sus armas y su material en algo endeble frente al acero europeo.

Uno de los dibujos incluidos en el cómic español Espadas del fin del Mundo, donde se narra la historia de Carrión 

 

Antes que Carrión se enfrentara a los «ronin», los soldados portugueses habían comprobado que la imbatibilidad de los samuráis era cosa de Asia. El portugués Joao Pereira llegó en 1565 a las inmediaciones de Nagasaki al mando de una carraca y un pequeño galeón, que además de las habituales mercancías, transportaba a numerosos mercaderes chinos. Unos pocos cientos de samuráis emboscaron a los portugueses cuando estaban desembarcando material a tierra. Los japoneses abordaron al rayar el alba la popa e incluso pudieron llevarse el escritorio del capitán y otras riquezas de su camarote. El contraataque portugués expulsó sin más a los samuráis de su barco. Hicieron luego fuego cruzado ambos navíos sobre las embarcaciones japonesas, desencadenando una gran carnicería sobre la cubierta atestada de guerreros. Los japoneses tuvieron setenta muertos y más de doscientos heridos.

La historia de Juan Pablo Carrión se desvaneció tras los combates de Cagayán, que bastaron para alejar la creciente presencia japonesa de los alrededores de Filipinas . El castellano fundó en esta tierra Nueva Segovia, como puesto defensivo contra sucesivas incursiones piratas. Impresionados por la actuación de los europeos, los pueblos indígenas de Cagayán se dividieron entre los que se querían aliar con los españoles y, al otro lado, los que continuaron años combatiéndolos en el montañoso interior de Luzón.

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El épico final del Imperio español en Sudamérica: los últimos defensores de Perú

El gallego José Ramón Rodil resistió a la espera de refuerzos desde la Península durante casi dos años en la Fortaleza del Real Felipe del Callao, que vivió entre sus muros la muerte o deserción de 2.424 de los 2.800 soldados que la defendían

César Cervera

CÉSAR CERVERA. Historiador y escritor. ABC

04/01/2017

 

El triste epílogo a las guerras de emancipación contra el Imperio español del siglo XIX fue, como es habitual, un baño de sangre. El escenario fue el Callao, en el Virreinato de Perú , que a diferencia de Nueva Granada y de Río de la Plata , se mantuvo al principio inmune a la fiebre independentista que se extendió por América. La mayor presencia de peninsulares que en otros territorios, la escasa implantación del espíritu independentista y la capacidad de mando de los sucesivos virreyes convirtieron el lugar en una roca en el camino de los rebeldes.

Para someter Perú fue necesaria la acción conjunta de las fuerzas de Bolívar y de San Martín . Así, solo en julio de 1821 el virrey José de la Serna ordenó evacuar Lima, dando vía libre a que San Martín proclamara la independencia de Perú. Y aún cambiaría de manos varias veces la capital hasta que, con las fuerzas españolas al límite, llegó la batalla de Ayacucho y con ella la derrota del contingente militar realista más importante que seguía en pie.

En paralelo a los sucesos de Ayacucho, todavía hubo una última guarnición que acometió una resistencia casi suicida. José Ramón Rodil y Campillo y los últimos españoles del Perú se atrincheraron en la Fortaleza del Real Felipe del Callao , construida inicialmente para defender el puerto contra los ataques de piratas y corsarios.

Un Leónidas moderno en Perú

Lima y la fortaleza en el Callao habían sido recuperadas por los españoles meses antes del desastre de Ayacucho, coincidiendo con uno de los pocos periodos de la guerra favorables a los intereses realistas. El general Monet al frente de las fuerzas realistas había entrado de nuevo en la capital el 25 de febrero de 1824 y designó al brigadier José Ramón Rodil como jefe de la guarnición del Callao . Lo hizo, claro, sin sospechar que este oficial gallego iba a protagonizar una resistencia de tintes épicos.

Lima fue abandonada tras la batalla de Junín . Se esperaba que los españoles del Callao tomaran el mismo camino tras la capitulación de Ayacucho, pero Rodil y sus 2.800 soldados se negaron a rendirse ante la perspectiva de que aún podría recibir pronto refuerzos de España.

Rodil incluso se negó a recibir a los enviados del virrey la Serna, derrotado en Ayacucho, porque los consideraba poco menos que desertores. Tampoco quiso escuchar el 26 de diciembre a los representante de Simón Bolívar , quienes daban por hecho que el español iba a rendir la fortaleza en cuanto se enterara de los generosos términos de la capitulación.

El gallego creía que el suyo era un viaje sin vuelta atrás. La entrada de Bolívar en Lima provocó la huida masiva de la población de españoles peninsulares y de los leales a la Corona hacia el Callao . 8.000 refugiados convirtieron el Callao en el último bastión español en Sudamérica y en la última esperanza de recuperar estos territorios.

El asedio de las tropas libertadoras, unos 4.700 soldados, dirigidas por el venezolano Bartolomé Salom , se inició en forma de bombardeo con artillería pesada al puerto del recinto amurallado. Se calcula que en los dos años que duró el sitio se dispararon 20.327 balas de cañón, 317 bombas e incontables balas. Al ataque aéreo y terrestre, se sumó también el bloqueo naval de las flotas combinadas de la Gran Colombia Perú Chile .

A pesar de contar con menos hombres armados y pocos recursos, los españoles tenían varias cosas a su favor. José Ramón Rodil contaba entre sus filas con los regimientos veteranos Real de Lima Arequipa , así como una de las fortaleza más grandes de todo el continente. Las murallas y las minas enclavadas en la roca hacían imposible un asalto por tierra, mientras que el bastión artillado mantenía la flota combinada a distancia.

Asimismo, la veteranía de su comandante jugaba a favor de las fuerzas realistas. Nacido en Lugo el 5 de febrero de 1779, Rodil había combatido contra Napoleón y luego había saltado a Sudamérica , donde prestó importantes servicios en Talca, Cancharrayada y Maipo . Además de cicatrices, el gallego coleccionaba múltiples condecoraciones por el valor desplegado.

Sin posibilidad de hincarle el diente a la fortaleza, los ejércitos libertadores mantuvieron el bombardeo día y noche en un intento por dejar que la fruta cayera por su propio peso. Desde el principio se hizo latente la dificultad de alimentar a una población civil de miles de refugiados, así como el mantener un régimen casi carcelario para evitar las deserciones entre las filas españolas. En un solo día Rodil fusiló a 36 conspiradores , entre ellos a un muchacho andaluz muy popular por sus chanzas.

En un informe fechado el 26 de setiembre de 1825, Hipólito Unanue escribió a Simón Bolívar el estado del sitio, convertido en una prisión tanto dentro como fuera de la fortaleza:

«Rodil sigue defendiéndose obstinadamente y no pasa día sin que se haga fuego fuerte contra él. Por su parte tiene una vigilancia enorme y apenas ve que se pasa alguno del pueblo o que se trabajó en la línea, cuando cubre de balazos el sitio, así es que no se pasan de miedo muchos que desean hacerlo.

Los enemigos fueron la hambruna y las epidemias

La hambruna, las malas condiciones sanitarias y las epidemias crecieron al mismo ritmo que la carne de rata disparaba su precio en el mercado negro. Es por ello que Rodil envió hacia el frente enemigo a aquellos civiles cuya presencia no era importante en el campo militar . Ante esta estrategia los libertadores empezaron a rechazar las oleadas de civiles con plomo y pólvora , sabiendo que el hambre era el mejor arma para sacar a los españoles de su castillo. Muchos refugiados se vieron atrapados entre ambos fuegos.

Solo cerca del 25% de los civiles lograron sobrevivir al asedio de dos años. El escorbuto, la disentería y la desnutrición fueron rebajando el número de defensores cada día de resistencia. No así la determinación de Rodil , que únicamente aceptó rendirse cuando la situación adquirió una atmósfera extrema. A principios de enero de 1826, el coronel realista Ponce de León desertó y, poco después, le siguió el comandante Riera , gobernador de una de las secciones fortificadas, el Castillo de San Rafael . Ambos conocían al detalle el entramado defensivo establecido por Rodil y así se lo desvelaron a los líderes libertadoras. Ponce de León, además, era amigo próximo de Rodil, lo que supuso una doble traición.

Sin comida, con la munición cercana a terminarse, y sin noticias de que fueran a llegar refuerzos desde España; Rodil accedió a negociar con el general venezolano poco después de las ilustres deserciones. El 23 de ese mes, tras dos años de resistencia, los españoles entregaron la fortaleza en condiciones que permitieron conservar la honra y la vida a los defensores. O al menos a los supervivientes. Solo unos 376 soldados lograron salir con vida de aquellos dos años extremos, salvando las banderas de los regimientos Real Infante y del Regimiento de Arequipa .

La vida de Rodil también fue respetada, entre otras cosas porque el propio Bolívar salió en defensa del español: «El heroísmo no es digno de castigo».

El regreso de «un español de puro bestia»

España se había olvidado de los últimos defensores de Sudamérica cuando éstos combatían, pero al regreso a la península algunos de ellos fueron recompensados por su gesta. José Ramón Rodil fue nombrado Mariscal de Campo y se le otorgó en 1831 el título nobiliario de Marqués de Rodil por su actuación en Perú. No obstante, su consideración de estratega quedó en entredicho con varias derrotas en la Primera Guerra Carlista . Su carrera política finalizó a consecuencia de su antagonismo con Baldomero Espartero . Posteriormente, Espartero auspició que Rodil fuera juzgado por un consejo de guerra y le retiran sus honores, títulos y condecoraciones.

¿Qué motivó su obstinada resistencia el Callao?, siguen preguntándose hoy sus detractores. El desaparecido político peruano Enrique Chirinos citó, en una de sus obras históricas, un conocido verso para definirlo: fue «un español de puro bestia». Eso y que realmente confiaba, hasta el verano de 1825 , en que desde la Península se enviaría una fuerza de reconquista. Controlar aquella posición estratégica era clave para tener un punto de desembarco en América. Cuando se dio cuenta de que la ayuda nunca llegaría dejó de dormir y apenas comía ante el temor, tal vez, de que todo su esfuerzo al final iba a ser en vano.

Compilación y elaboración: Luis Alberto Pintado Córdova

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20 Comentarios

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  1. Este artículo nos brinda otra perspectiva de lo acontecido hace ya muchos años, pues desde que los españoles pisaron este continente, la historia del Imperio Incaico iba a cambiar y caer radicalmente. Con un nuevo sistema basado en la extracción de minerales, la corona española pudo beneficiarse a través de dichos recursos para financiar defensas ante la crisis que vivir. Pero no fue robar directamente, fueron los españoles quienes aprendieron las técnicas que ya usaban los indígenas de lugar para purificar la plata, hablo del método de la “Huaira”. Y claro, podemos decir que con todo este metal preciosos España se iba a enriquecer a montón, sin embargo acorde a esta lectura, más que beneficiar a la corona, lo que provocó fue una inflación brutal, por lo que mucho de este nuevo recurso sería destinado para invertir en monasterios y diversos gastos para mejorar su territorio, pese a que aquí en el Perú continuaba la ola de saqueos de nuestros preciados minerales, ahora bien, la relevancia de este contexto radica en que hoy en día, el Estado Peruano esta teniendo una disputa entre el Legislativo y el Ejecutivo, tal como en un tiempo fue Huáscar y Atahualpa, que de haberse llegado a un pacto y gobernar en pro de su gente prefirió luchar por arrebatarse el poder, situación que sería aprovechada por uno más fuerte que los dos. Prácticamente estamos altamente propensos a que suceda lo mismo. Así que, si seguimos así, no faltará mucho a que llegue “un español” y nos deje sin soga ni cabra.

  2. Un argumento contundente que prueba el kito de que los españoles robaron el oro de América. Frente al hambriento afán por el oro de los conquistadores, desde la Corte de los Reyes Católicos se preocuparon repetidas veces porque aquellos nuevos territorios fueran una prolongación de Castilla en ultramar, y no unas colonias a las que explotar hasta la última gota. Y aunque en ocasiones se impuso la sed de oro, la creación de cientos de ciudades, catedrales, universidades, caminos e incluso hospitales (entre 1500 y 1550, se levantaron unos 25 hospitales grandes y un número mayor de pequeños) demostró que para Corona aquel continente, aquella empresa atlántica, iba más allá de intereses económicos o comerciales. Un artículo de gran calidad histórica y con fuentes actualizadas.

  3. Respeto tu punto de vista, pero Yo también admiro su cultura.. es más, lo primero que hice cuando estuve en Madrid fue visitar el Museo del Prado y darme un baño suéter de ojo admirando las pinturas de Goya, Zurbarán, El Greco, Velázquez, etc. Después fui al Museo Reina Sofía a extasiarme con Guernica de Picasso, visite el Palacio de la Zarzuela. Soy un fanático empedernido de la zarzuela y ávido lector de escritores españoles, sobre todo antiguos. Pero el español de a pie nos subestima y se creen que nos sacaron de la ignorancia y la Edad de Piedra. A través de mi vida habré tratado con un centenar de españoles y en base a esto emito un juicio. La historia es una gran herramienta para lo que tú señalas, pero las vivencias personales también dan peso a las opiniones. Yo pongo a los cronistas por encima de los historiadores 😀 Lo se hispano fóbico debería incorporarse a la Real Academia de la Lengua Española que también visite estando en Madrid 😂

  4. Sobre la primera lectura. Tengo mis dudas respecto de esta premisa que no fue tanto el oro y la plata que se robaron los españoles. Basta recorrer el Palacio Real de Madrid para sentir resentimiento y coraje contra España. La opulencia y el derroche de salas y salones si se El oro y la plata son protagonistas de tan obsceno derroche peca en el morbo de la Corona española. Por otro lado, y esto lo pude comprobar hablando con españoles en Madrid, que ellos aseguran que ganaron el Combate del 2 de Mayo se 1866. Yo refutaba indicando que la flota española fue diezmada por la independencia de manera que terminó huyendo mar adentro y que Perú JAMÁS indemnizó a España por los gastos de la guerra por la independencia decían que estuvo estipulado en la Capitulación de Ayacucho, pero que ningún gobierno accedió a pagar. Me gusta Espanta como país, pero no pasó a los españoles.

  5. Las tres historias son buenas, me pareció de película de cine el Rambo español. Juan Pablo de Carrión, el ‘Rambo’ español que sometió a un millar de piratas en el fin del mundo
    A sus habituales catanas y armaduras de bella factura, los piratas japoneses sumaron artillería de procedencia europea, lo que les convertía en la mayor amenaza del Imperio español en el Pacífico. No sabía de lo feroz que eran los japoneses, coreanos chinos y otros asiáticos que pirateaban a los navegantes españoles y como fue el enfrentamiento. Un a historia de ensueño.

  6. Una historia tan real contada magistralmente que nos introduce en ella, especialmente cuando narra el autor: «Con el intercambio de balas, los piratas registraron muchas bajas. Retrocedieron hacia su barco, sin percatarse de que aún no había acabado la jornada. El otro barco grande de los españoles, el navío San Yusepe , embistió la posición enemiga para barrer su cubierta. Desaparecido el perro guardián que vigilaba el río Grande de Cagayán (llamado Tajo) , la flotilla de Carrión remontó sus aguas abriéndose camino entre 18 champanes, unos barcos ligeros escurridizos y más rocosos de lo que parecían a simple vista. Cientos de piratas cayeron en esta entrada triunfal de los españoles a la boca del río, barriendo cubiertas al son de la pólvora».
    Tres historias hermosas propias de un gran escritor.

  7. Me impresiono mucho saber por vez primera el contenido de la primera lectura. El descubrimiento de importantes minas de metales preciosos en América vertebró el crecimiento de estas ciudades y terminó por convertirse en un importante flujo de riqueza para Castilla. O más bien para las guerras que mantenía en Europa la dinastía de los Habsburgo, que aprovecharon la débil posición de las Cortes castellanas tras la Guerra de las Comunidades para aumentar la presión fiscal en este reino. Pocos kilos del oro y la plata que atracaban en Sevilla procedente de América se invertía realmente en Castilla. A veces ni siquiera llegaba a pisar territorio ibérico.
    LJunto a las encomiendas la primera gran fuente de ingresos de los conquistadores en esta fase fueron los botines de guerra, los saqueos a poblaciones prehispánicas y las expediciones en busca de tesoros fabulosos que inflaban la imaginación de aquellos hombres procedentes en su mayoría de Extremadura y Andalucía. En su origen bastaba con el trueque de oro a cambio de objetos europeos, pero más pronto que tarde llegaron los saqueos. Con la caída de los grandes imperios se pasó a la explotación propiamente minera, primero con el lavado del metal procedente de las arenas de los ríos, y luego con el establecimiento de enormes yacimientos de oro y plata.
    El oro en su mayoría se quedaba en los territorios de América para obras de bien social, caminos, construcción de ciudades para hacer una nueva España pero no se mato indígenas por ser un mito de a competencia: los ingleses que querían controlar América española.

  8. Me gusto la primera lectura porque los reyes de España acordaron evangelizar a los indígenas y el 80% del oro quedaba para ser administrado por el Virreinato para construcciones de infraestrura en las nuevas ciudades. Frente al hambriento afán por el oro de los conquistadores, desde la Corte de los Reyes Católicos se preocuparon repetidas veces porque aquellos nuevos territorios fueran una prolongación de Castilla en ultramar, y no unas colonias a las que explotar hasta la última gota. Y aunque en ocasiones se impuso la sed de oro, la creación de cientos de ciudades, catedrales, universidades, caminos e incluso hospitales (entre 1500 y 1550, se levantaron unos 25 hospitales grandes y un número mayor de pequeños) demostró que para Corona aquel continente, aquella empresa atlántica, iba más allá de intereses económicos o comerciales. Excelnete contenidos histórico que nos revelan la verdad.

  9. El grupo de amigo de Innovas de veladas y tertulias intelectuales nocturnas nos damos un tiempo para analizar sus artículos que esta vez, como siempre nos delita con tres lecturas históricas de gran fundamento que muchos desconocíamos, Gracias por ese compartir intelectual que nos eleva el espíritu aprendizaje hacia niveles mayores. Excelentes artículo y vídeos estupendos.