Por: Dr. Luis Alberto Pintado Córdova

Investigaciones de las Naciones Unidas señalan que la desigualdad no se trata solo de la riqueza, el patrimonio neto, o de los ingresos, el sueldo bruto. Abarca  la expectativa de vida, la facilidad que tienen las personas para acceder a los servicios de salud, la educación de calidad o los servicios públicos. Hay desigualdades entre los géneros y entre los grupos sociales.

Además, la desigualdad aumenta y persiste porque algunos grupos tienen más influencia sobre el proceso legislativo, lo que impide a otros grupos hacer que el sistema responda a sus necesidades. Esto lleva a distorsiones de políticas y socava el proceso democrático.

Cada faceta de la desigualdad entorpece enormemente la capacidad de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, por ello debemos tener en cuenta cada aspecto de la desigualdad si se quiere  promover la Agenda 2030.

Un estudio de Oxfam indica que 26 personas poseen la misma riqueza que 3800 millones de personas. Mientras, más de la cuarta parte de todos los adultos que trabajan son pobres, ganando menos de 3,10 dólares por día. El número de trabajadores mal pagados va en aumento.

Algo desigual es algo diferente. En el ámbito humano, se habla de desigualdad cuando hay una falta de equilibrio entre dos o más personas.

La desigualdad no es única ni afecta a un solo aspecto de la vida de las personas, sino que se puede hablar de varios tipos:

  • Desigualdad social. Se produce cuando una persona recibe un trato diferente como consecuencia de su posición social, su situación económica, la religión que profesa, su género, la cultura de la que proviene o sus preferencias sexuales, entre otros aspectos.
  • Desigualdad económica. La desigualdad económica se refiere a la distribución de la riqueza entre las personas. Las diferencias de ingresos entre las personas más ricas y las más pobres supone un problema de acceso a bienes y servicios para las personas con menos recursos.
  • Desigualdad educativa. La desigualdad educativa está en la base de la desigualdad social y económica, puesto que supone que las personas no tengan las mismas oportunidades para acceder a una formación. En este sentido, existen diferencias significativas en relación con los refugiados, puesto que, según datos de ACNUR, más de 3,5 millones de niños refugiados no van al colegio y durante 2016 solo un 45% de los 6,4 millones de personas en edad escolar bajo el mandato de ACNUR, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años, fueron escolarizados.
  • Desigualdad de género. La desigualdad de género se produce cuando una persona no tiene acceso a las mismas oportunidades que una persona de otro sexo. Por ejemplo, existe una brecha salarial,  según el informe de Eurostat del año 2016, en España es del 14,9% y en Europa, del 16,7%.
  • Desigualdad legal. Se produce cuando las leyes o el funcionamiento de los tribunales favorecen a unos individuos frente a otros. Por ejemplo, se puede dar el caso de que los requisitos legales de acceso a la sanidad o a la educación no sean los mismos para los nacionales de un país que para los refugiados.

¿Cuáles son las consecuencias de la desigualdad?

“La desigualdad, del tipo que sea, supone graves consecuencias, tanto en el ámbito personal como en el ámbito social. La pobreza es la principal consecuencia, junto con problemas como la desnutrición o el hambre.

Las guerras y los conflictos armados que existen en muchos países del mundo producen el desplazamiento de millones de personas que buscan un lugar seguro en el que vivir y tener un futuro. En algunos países, los refugiados sufren situaciones de rechazo, xenofobia y discriminación, lo que les lleva a una situación de desigualdad. La educación es la base para acabar con la desigualdad y para que todos tengamos las mismas oportunidades”. ACNUR. Agencia de la ONU para los refugiados.

En este análisis sobre la desigualdad sobresale uno de los pensadores  más influyentes del siglo XXI, Thomas Piketty (Clichy, 7 de mayo de 1971) un economista francés especialista en desigualdad económica y distribución de la renta. Desde el año 2000 es director de estudios en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales. Actualmente es profesor asociado de la Escuela de Economía de París.

Nacido en 1971 en Clichy, al noroeste de París, sus padres militaron en Lucha Obrera antes de mudarse al campo para criar cabras en Aude. Tras sacar un bachillerato de Ciencias Exactas, entró en la exigente École Normale Supérieur y, joven precoz, leyó con 22 años su tesis doctoral, preparada en la London School of Economics (LSE) bajo la tutela de Roger Guesnerie y que llevaba el premonitorio título de Ensayo sobre la redistribución de la riqueza. Este trabajo le abriría las puertas del MIT, donde ejerció la docencia durante dos cursos, previo a retornar a la patria para trabajar en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) y terminar en 2000 dirigiendo el EHSS.

En paralelo a su carrera de investigador, Piketty ha flirteado ocasionalmente con la política, como cuando en 2004 aceptó el encargo de Dominique de Villepin de fundar una institución universitaria gala que rivalizase con la LSE británica. Estuvo al frente de la École d’Économie de Paris hasta 2007, cuando dimitió para aceptar un puesto de asesor en el equipo de campaña de Segolène Royal, candidata del PS a la Presidencia de la República, que perdería aquellos comicios con Nicolas Sarkozy.

Aunque su perfil de Wikipedia no lo mencione, el economista pasó de publicar columnas en Libération a protagonizar una noticia en la sección de sucesos cuando, el 17 de marzo de 2009, su compañera sentimental de entonces, Aurélie Filippetti, en aquel tiempo diputada por Mosela y hoy ministra de Cultura, acudió a la comisaría para denunciarle por malos tratos, siendo objeto de un examen médico que confirmó la agresión.

Él fue puesto en detención provisional y tuvo que declarar ante la Brigade de Répression de la Délinquance contre la Personne (BRDP). Pero el 23 de septiembre, la denunciante decidió retirar los cargos para que el affaire no afectara a su hija Clara, de 9 años, y el juez archivó el caso, no sin antes apercibir al acusado. «Durante aquel periodo oscuro, Aurélie sufría tanto que llegó a pensar en el suicidio», ha comentado un amigo al Daily Mail.

Se ha convertido en un refernte de la política. Gracias a un ensayo económico de 970 páginas titulado Le Capital au XXIe siècle, en el que advierte que la «concentración extrema de riqueza amenaza los valores de meritocracia y justicia social sobre los que se asientan las sociedades democráticas.

La investigación de Uan Manuel Bellver de 2014 sobre Piketty señala que su obra se cita con respeto en los círculos del poder de Francia y EEUU. Los consejeros de Barack Obama le reciben en la Casa Blanca. El Nobel Paul Krugman le describe como «un prodigio de honestidad». Y la prensa anglosajona se ha hecho eco del fenómeno comercial del libro comparándole exageradamente con el impacto que tuvieron en siglos pasados Adam Smith, Keynes o el mismísimo autor de El capital.

«La fiebre de Piketty: más grande que Marx», titula su crónica The Economist: «lo más cerca que un economista ha estado de la condición de pop star». «Este es el libro francés más influyente en EEUU desde La democracia en América, de Alexis de Tocqueville», sugieren por su parte los profesores Jacob S Hacker (Yale) y Paul Pierson (Berkeley), en American Prospect. «Como Tocqueville, Piketty nos ha dado una nueva imagen de nosotros mismos». Menos extravagante en los elogios, pero igualmente entusiasta, se muestra el respetado jefe de opinión del Financial Times, Martin Wolf, que se refiere a esta «historia económica, social y política de la evolución del capitalismo y el poder» como «un ensayo de extraordinaria importancia».

Bellver,  resume en dos frases el ensayo de que todo el mundo habla -pero que casi nadie ha leído-, lo que hace Piketty en Le Capital au XXIe siècle es analizar la distribución de la riqueza en 20 países desde la revolución industrial hasta nuestros días, para extraer una tesis tan simple como preocupante: el antagonismo entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más relegada. «Las desigualdades siempre han sido una fuente de estudio, pero la novedad de esta obra es la cantidad de datos históricos que reúne», afirma.

Según él, «el libro ha gustado a todo el mundo porque habla de forma comprensible de temas que preocupan a la gente». ¿Todo el mundo? No exactamente. El diario conservador Le Figaro -propiedad del magnate de la aeronáutica Serge Dassault- lo ha tildado de «panfleto», en tanto que The Wall Street Journal califica a su autor de «visionario utopista».

Sea como sea, Piketty ha sido invitado a la Casa Blanca y al FMI, al tiempo que es reivindicado por colectivos anticapitalistas como Occupy Wall Street y hasta el actual inquilino del Elíseo, François Hollande -a quien apoyó durante la campaña de 2012, para luego vituperar su «tibia reforma fiscal»- le elogia con la boca chica.

Bellver afirma que Piketty tal vez no haya sido el primero en denunciar el aumento de las desigualdades -tema abordado antes por Joseph Stiglitz o Ha-Joon Chang-, pero sí ha revolucionado el análisis histórico universal con una comparativa que recorre minuciosamente varios siglos, llegando a la conclusión de que la avaricia es inherente al capitalismo y que el crecimiento no influye de ninguna manera en la redistribución de la riqueza.

«La gran crisis de 1914-1945, con la destrucción de capital por la inflación, las dos guerras mundiales y la Gran Depresión, sumadas a cambios institucionales como la creación del Estado de Bienestar, revirtieron un poco el proceso de desigualdad que veníamos experimentando desde el siglo XIX», ha explicado a The New York Times. Pero, con la caída del Muro de Berlín y el auge del neoliberalismo, las aguas volvieron presumiblemente a su cauce.

Según The Economist, el 1% de la población detenta actualmente un 43% de los activos del mundo. «El mensaje de Piketty es que esta situación va a continuar a menos que se tomen medidas como un impuesto global para las rentas altas de hasta el 80 %, que se completaría con un gravamen sobre el patrimonio del 10 % anual. Todo, para que el gasto público se incremente hasta el 66 % del PIB», explica la BBC.

Ahora, Piketty está emparejado con la economista licenciada en Harvard Julia Cagé y aquellos hechos forman parte de un pasado que querría olvidar. Requerido para impartir conferencias en medio mundo, en un texto escrito en marzo para el FT sugería «salvar al capitalismo de los capitalistas».

«No  he tenido jamás la tentación del comunismo y estoy vacunado contra el cansino discurso anticapitalista. Más que Marx y Tocqueville, mi inspiración es la Declaración de Derechos del Hombre de 1789», confesó en noviembre a Philosophie Magazine, al poco de publicarse el libro en Francia. «¿Ha leído usted a Marx?», le preguntaron. «Sí, pero sólo el Manifiesto del partido comunista», reconoció. Resulta cuanto menos curioso que el brillante autor de El capital en el siglo XXI no haya ni siquiera ojeado las páginas de El capital.

Análisis de Eduardo Febbro sobre la obra de Piketty

«Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales», enuncia la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del Ciudadano firmada de 1789 y ratificada por la Organización de las Naciones Unidas en 1948. El economista francés Thomas Piketty, autor del famosísimo El Capital en el Siglo XXI (dos millones y medio de ejemplares vendidos en todo el mundo) entrega una minuciosa y demoledora exploración sobre esa ilusión igualitaria en el último libro que acaba de publicar en Francia: Capital et idéologie [Capital e ideología].

Como la precedente, esta obra consta de 1.200 páginas, se apoya en la historia del mundo y en una forma renovada de emplear las estadísticas para ofrecer un vertiginoso recorrido desde el presente hasta los orígenes de las desigualdades. Allí donde se mire, sea cual fuere la época y el régimen político, la desigualdad es una constante a lo largo de la historia de la humanidad cuyo principio o justificación responde, según Thomas Piketty, a una «ideología». Ese es la esfera central en torno a la cual se mueve toda la reflexión del libro: «la desigualdad es ideológica y política». En ningún caso es una cuestión «económica o tecnológica», y, menos aún, como lo alega desde hace décadas la derecha liberal, sus causas son «naturales».

Ya se trate del modelo chino de desarrollo, de las castas en la India, del New Deal de Roosevelt, divisiones como nobleza, pueblo o clérigo, clase obrera o burguesía, todas las desigualdades están organizadas. Piketty escribe: «cada régimen desigual reposa, en el fondo, sobre una teoría de la justicia. Las desigualdades deben estar justificadas y apoyarse sobre una visión plausible y coherente de la organización social y política ideales». La desigualdad es, en este contexto, un instrumento de la gestión de las sociedades que las ideologías convierten en necesarias. «Cada sociedad humana debe justificar sus desigualdades –apunta Piketty–: hay que encontrarles razones sin las cuales todo el edificio político y social amenaza con derrumbarse. Cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad».

Capital e ideología desmonta uno tras otro las narrativas que la derecha liberal instaló en casi todo el planeta. No existen, alega Piketty, «leyes fundamentales», menos aún raíces «naturales» de la desigualdad, ni tampoco se trata de «injusticias necesarias» para que el sistema funcione. El gran relato liberal se armó desde el Siglo XIX con la idea de las famosas «meritocracia» y su más moderna versión: «la igualdad de oportunidades». Ese relato es falso y es preciso, anota el autor,” reescribir un relato alternativo”.

Piketty define ese relato dominante como «propietarista, empresarial y meritocrático», cuyo hilo conductor consiste en afirmar que «la desigualdad moderna es justa porque esta se desprende de un proceso elegido libremente en el cual cada uno tiene las mismas posibilidades de acceder al mercado y a la propiedad, donde cada uno se beneficia espontáneamente de las acumulaciones de los más ricos, quienes también son los más emprendedores, los que más merecen y los más útiles». El economista francés demuestra la fragilidad galopante de ese gran relato liberal, así como sus abismales contradicciones, tanto más cuanto que ese principio de la desigualdad necesaria ya no se puede «justificar más en nombre del interés general». Piketty explica que la meritocracia que se expandió como modelo exclusivo desde los años 80 equivale a una suerte de carta mágica que les permite a sus promotores «justificar cualquier nivel de desigualdad sin tener que examinarla y, de paso, estigmatizar a los perdedores por su falta de mérito, de virtud y de diligencia». La modernidad económica se caracteriza así por «culpabilizar a los pobres» y, también, por un «conjunto de prácticas discriminatorias y desigualdades de estatuto y etno-religiosas».

Piketty sitúa el inicio del ciclo más poderoso de la desigualdad a finales de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando se destruyó y se redefinió «la muy desigual globalización comercial y financiera que estaba en curso en la Belle Époque». Desde entonces hasta nuestro Siglo XXI queda un tendal de destrucción social, que es la amenaza que preside todos los trastornos. El economista advierte: «si no se transforma profundamente el sistema económico actual para tornarlo menos desigual, más equitativo y más duradero, tanto entre los países como dentro de ellos, entonces el ‘populismo’ xenófobo y sus posibles éxitos electorales por venir podrían rápidamente entablar el movimiento de destrucción de la globalización híper-capitalista y digital de los años 1990-2020».

Thomas Piketty es el economista del momento, con su aguda crítica a la desigualdad.

Esta obra frondosa y en nada pesimista se inscribe en una cultura de la reconstrucción y la reformulación y no en un mero catálogo de calamidades o diagnósticos sobre la nocividad del liberalismo. Está muy alejada de esa producción vestida de progresista y empeñada en describir el mal sin que haya otra alternativa que aceptarlo o sucumbir. Piketty diseña varios horizontes. No es un libro no de ruptura sino de replanteamientos. No se propone la destrucción del sistema sino su comprensión histórica, su replanteamiento y, sobre todo, la desconstrucción de la retórica liberal que ha justificado hasta ahora todas las desigualdades en nombre de imaginarios «fundamentos naturales y objetivos».

Piketty no solo afirma que hay muchas vidas fuera del sistema, sino que, también, cada vez que se intentó modificarlo la existencia humana mejoró. En el prólogo del libro, Piketty resalta: «de este análisis histórico emerge una conclusión importante: fue el combate por la igualdad y la educación el que permitió el desarrollo económico y el progreso humano, y no la sacralización de la propiedad, de la estabilidad y de la desigualdad». Los procesos de impugnación de la desigualdad por parte de la sociedad civil han sido en este sentido decisivos para cambiar el rumbo: «en su conjunto, las diversas rupturas y procesos revolucionarios y políticos que permitieron reducir y transformar las desigualdades del pasado fueron un inmenso éxito, al tiempo que desembocaron en la creación de nuestras instituciones más valiosas, aquellas que, precisamente, permitieron que la idea de progreso humano se volviera una realidad».

No hay, de hecho, ningún determinismo, es decir, ninguna condena a la cadena perpetua de la desigualdad. Existen y existirán alternativas. «En todos los niveles de desarrollo, existen múltiples maneras de estructurar un sistema económico, social y político, de definir las relaciones de propiedad, organizar un régimen fiscal o educativo, tratar un problema de deuda pública o privada, de regular las relaciones entre las distintas comunidades humanas (…) Existen varios caminos posibles capaces de organizar una sociedad y las relaciones de poder y de propiedad dentro de ella». Esas posibilidades latentes están más abiertas en nuestra época, «donde algunos caminos pueden constituir una superación del capitalismo mucho más real que la vía que promete su destrucción sin preocuparse por lo que seguirá».

Comprender la historia conjunta del capital y la ideología/desigualdad equivale a «elaborar un relato más equilibrado y a trazar los contornos de un socialismo participativo para el Siglo XXI; es decir, imaginar un nuevo horizonte igualitario de alcance universal, una nueva ideología de la igualdad, de la propiedad social, de la educación y del reparto de los saberes y de los poderes, más optimista ante la naturaleza humana».

Esta amplísima lectura de la historia invita a reescribirla en los hechos. Por ejemplo, con esa idea de un «socialismo participativo», Piketty presenta una serie de ideas y propuestas con el objetivo de refutar la tendencia congelada: «las desigualdades actuales y las instituciones del presente no son las únicas posibles, pese a lo que puedan pensar los conservadores: ambas están también llamadas a transformarse y a reinventarse permanentemente». Así como no hay ningún «determinismo» o causa «natural» de la desigualdad tampoco cabe pensar que su erradicación es automática. «El progreso humano no es lineal –escribe Piketty–. Sería un error partir de la hipótesis según la cual todo siempre irá mejor, que la libre competencia de las potencias estatales y de los actores económicos basta para conducirnos como por milagro a la harmonía social y universal». «El progreso humano existe, pero es un combate», recalca. Este debe «apoyarse sobre un análisis razonado de las evoluciones históricas, con lo que comportan de positivo y de negativo».

Piketty desata nudos, desarma narrativas, corre el telón de los cinismos incrustados en la ideología del Wall Street Journal, desmonta pieza por pieza la criminalización de la protesta social y deslegitima la impostura del sometimiento en nombre del equilibrio social. Allí donde los pueblos se levantan para exigir equidad y justicia social, la ideología de la desigualdad vocifera que toda revuelta significa el desorden, el cual desembocará en dirigirse «derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos». Piketty llama a esa contraofensiva del miedo «la respuesta propietarista intransigente», cuyo principio de acción «consiste en que no hay que correr ese riesgo, que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir».

Capital e ideología propone abrir la caja, empezando por un trabajo que incita a volver a pensar necesariamente las distintas formas de la propiedad, de la dominación y la emancipación. La relectura histórica de las convenciones de la desigualdad se propone también despejar pistas para emanciparse de un régimen que degrada la condición humana. El catedrático y economista francés adelanta un flujo de ideas o pistas que incluyen «la propiedad social» y la «cogestión de las empresas» (los empleados tendrían el 50% en el seno de los consejos de administración), «la propiedad temporal» (impuesto progresivo aplicado al patrimonio), «la herencia para todos» (contar a los 25 años con un capital universal), «justicia educativa» (equilibrio de los gastos en educación en beneficio de las zonas desfavorecidas), «impuesto al carbono individual» (gravamen ecológico basado en el consumo propio), «financiación de la vida política» (los ciudadanos recibirían del Estado bonos para la «igualdad democrática» que luego entregarían al partido de su preferencia), «inserción de objetivos fiscales y ecológicos obligatorios en los acuerdos comerciales y los tratados internacionales», «creación de un catastro financiero internacional» (para que las administraciones sepan quién detenta qué).

Críticos habrá muchos, tanto del campo de la izquierda como del liberal. Los primeros impugnarán Capital et idéologie porque su propuesta no es una revolución, los segundos lo destruirán porque sus 1.200 páginas son un alegato inobjetable sobre los mecanismos que edificaron la depredación de las sociedades humanas. La ideología «propietarista» preside en este momento de nuestra historia todas las retóricas dominantes, con la consiguiente sensación de asfixia globalizada, la casi certeza de que, sin este modelo desigual, no existe vida humana posible. A su manera voluminosa, exhaustiva y original, el ensayo del economista francés abre horizontes, respira y prueba que no existe un solo relato, sino que, mirando con prolijidad, hay otros, que lo que nos presentan como más moderno no es más que una línea narrativa tan viciada como anclada en el pasado. Esa es su meta confesa: «convencer al lector de que podemos apoyarnos en las lecciones de la historia para definir una norma de justicia y de igualdad exigentes en materia de regulación y reparto de la propiedad más allá de la simple sacralización del pasado».

Este breve estudio de este brillante economista nos conlleva a precisar algunos aportes de su obra:

“Ahora hay que explicar de dónde vienen esas normas sociales y cómo evolucionan, lo que evidentemente compete por lo menos tanto a la sociología, a la psicología, al estudio de las creencias y percepciones y a la historia cultural y política, como a la economía en su sentido más estricto. El tema de la desigualdad depende de las ciencias sociales en su sentido amplio y no de una sola de esas disciplinas”.

“A largo plazo, la fuerza principal que lleva verdaderamente hacia la igualación de las condiciones es la difusión de los conocimientos y las cualificaciones.”

“La disminución de la tasa superior conduce a una explosión de las altas remuneraciones que, a su vez, incrementa la influencia política —sobre todo a través de la financiación de los partidos políticos, grupos de presión e institutos de reflexión— del grupo social al que le interesa el mantenimiento de esa tasa baja, o incluso su reducción ulterior”.

“En todas las sociedades conocidas, y en todas las épocas, la mitad de la población más pobre en patrimonio no posee casi nada (en general, apenas 5% de la riqueza total), el decil superior de la jerarquía de los patrimonios tiene una clara mayoría de lo que se puede poseer (en general, más de 60% de la riqueza total y a veces hasta 90%), y la población comprendida entre esos dos grupos (es decir, el 40% de la población) posee una parte situada entre el 5 y el 35% de la riqueza total”.

“En el caso de China, las estadísticas establecidas por la administración fiscal son aún más rudimentarias que en la India y dan testimonio de la absoluta falta de transparencia de las autoridades chinas sobre estos temas”.

“La eficacia del aparato de justificación. Si se perciben las desigualdades como justificadas porque, por ejemplo, aparentemente son consecuencia del hecho de que los más ricos eligieron trabajar más —o más eficazmente— que los pobres, o bien porque impedirles ganar más perjudicaría inevitablemente a los más pobres, entonces es concebible que la concentración de los ingresos supere sus récords históricos”.

“Vemos hasta qué punto las encuestas de hogares, que a menudo constituyen la única fuente utilizada por los organismos internacionales (en particular por el Banco Mundial) y por los gobiernos para medir la desigualdad, contribuyen a dar una visión sesgada y falsamente tranquilizadora de la distribución de la riqueza”.

“Cuando las ventas o los beneficios aumentan por razones externas, las remuneraciones de los dirigentes se incrementan con mayor intensidad. Esto se destaca de manera particularmente clara si se examina el caso de las sociedades estadunidenses: es lo que Bertrand y Mullainhatan han llamado la “remuneración por suerte” (“pay for luck”)”.

“La disminución de la tasa superior conduce a una explosión de las altas remuneraciones que, a su vez, incrementa la influencia política —sobre todo a través de la financiación de los partidos políticos, grupos de presión e institutos de reflexión— del grupo social al que le interesa el mantenimiento de esa tasa baja, o incluso su reducción ulterior”.

“En América Latina las élites económico-financieras todavía deben enfrentar las reformas fiscales y sociales necesarias para que la mitad de abajo de la población, los dos tercios de abajo, tengan acceso a la clase de servicios educativos, de salud, a los que no siempre acceden.

Es importante recordar que, en Occidente, en Europa Occidental, en Norte América, hizo falta que se dieran grandes cimbronazos políticos –la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique– para que las élites occidentales aceptaran las reformas sociales y fiscales, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que finalmente redujeron la inequidad y llevaron por un tiempo a un patrón de desarrollo más equitativo y sostenible.

Espero que las élites latinoamericanas, de India, de China, aprendan de esas lecciones y no esperen a que haya un malestar social extremo antes de realizar las reformas necesarias para un crecimiento sostenible”.

Sobre Latinoamérica, Piketty afirma: “Un país no debería aceptar demasiado capital extranjero porque pone en riesgo su soberanía”. Habla del riesgo de una paz sin igualdad en Colombia, de los errores de Venezuela, del manejo que Argentina ha hecho de su deuda pública y compartió una idea, una propuesta, aventurada: la creación de una moneda común en América Latina. También avizora el peligro de los regímenes totalitarios que atentan contra la democracia en la región.

Referencias:  

Organización de las Naciones Unidas

The Economist

Uan Manuel Bellver. Opinión. 2014

Eduardo Febbro. Nueva Sociedad. Opinión set. 2019

BBC Londres

Archivo Luis Pintado

Vídeo: Explicación de la desigualdad social en el mundo. Fuente: Misu!!

Vídeo: El economista más influyente del siglo XXI: Thomas Piketty

Vídeo: El capital en el siglo XXI. Moisés Naim entrevista al economista Tomas Piketty. Fuente: EfectoNaim

Vídeo complementario: El fin del poder: Especial de Moisés Naim . Fuente: EfectoNaim (2015)

Vídeo complementario: “La educación es una pérdida de tiempo y dinero”: Moisés Naím entrevista a  Bryan Caplan. Fuente. EfectoNaim (2018)

 

24 Comentarios

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  1. Original y brillante análisis histórico: «La gran crisis de 1914-1945, con la destrucción de capital por la inflación, las dos guerras mundiales y la Gran Depresión, sumadas a cambios institucionales como la creación del Estado de Bienestar, revirtieron un poco el proceso de desigualdad que veníamos experimentando desde el siglo XIX», ha explicado a The New York Times. Pero, con la caída del Muro de Berlín y el auge del neoliberalismo, las aguas volvieron presumiblemente a su cauce. La desigualdad sigue el curso de la ambición.

  2. Excelente, Thomas Piketty, recuerdo haber leído su libro “La crisis del siglo XXI” ganador del Premio Nobel de Economía.

  3. Genial cundo Piketty se apoya en la historia del mundo y en una forma renovada de emplear las estadísticas para ofrecer un vertiginoso recorrido desde el presente hasta los orígenes de las desigualdades. Allí donde se mire, sea cual fuere la época y el régimen político, la desigualdad es una constante a lo largo de la historia de la humanidad cuyo principio o justificación responde, según Thomas Piketty, a una «ideología». Ese es la esfera central en torno a la cual se mueve toda la reflexión del libro: «la desigualdad es ideológica y política». En ningún caso es una cuestión «económica o tecnológica», y, menos aún, como lo alega desde hace décadas la derecha liberal, sus causas son «naturales».

  4. Gran análisis de Eduardo Febbro sobre la obra de Piketty. El artículo muy bueno. Los vídeos complementan el artículo de los mejor. Vale.

  5. Sincero y honesto Piketty cundo afirma «No he tenido jamás la tentación del comunismo y estoy vacunado contra el cansino discurso anticapitalista. Más que Marx y Tocqueville, mi inspiración es la Declaración de Derechos del Hombre de 1789», confesó en noviembre a Philosophie Magazine, al poco de publicarse el libro en Francia. «¿Ha leído usted a Marx?», le preguntaron. «Sí, pero sólo el Manifiesto del partido comunista», reconoció. Resulta cuanto menos curioso que el brillante autor de El capital en el siglo XXI no haya ni siquiera ojeado las páginas de El capital.

  6. Una profunda desigualdad las estadísticas de la ONU. Un estudio de Oxfam indica que 26 personas poseen la misma riqueza que 3800 millones de personas. Mientras, más de la cuarta parte de todos los adultos que trabajan son pobres, ganando menos de 3,10 dólares por día. El número de trabajadores mal pagados va en aumento.
    Un gran economista que es todo un referente para los emprendedores.me alegra aprender cosas nuevas.

  7. La desigualdad aumenta y persiste porque algunos grupos tienen más influencia sobre el proceso legislativo, lo que impide a otros grupos hacer que el sistema responda a sus necesidades. Esto lleva a distorsiones de políticas y socava el proceso democrático.
    “En todas las sociedades conocidas, y en todas las épocas, la mitad de la población más pobre en patrimonio no posee casi nada (en general, apenas 5% de la riqueza total), el decil superior de la jerarquía de los patrimonios tiene una clara mayoría de lo que se puede poseer (en general, más de 60% de la riqueza total y a veces hasta 90%), y la población comprendida entre esos dos grupos (es decir, el 40% de la población) posee una parte situada entre el 5 y el 35% de la riqueza total”.
    Vale

  8. Piketty desata nudos, desarma narrativas, corre el telón de los cinismos incrustados en la ideología del Wall Street Journal, desmonta pieza por pieza la criminalización de la protesta social y deslegitima la impostura del sometimiento en nombre del equilibrio social. Allí donde los pueblos se levantan para exigir equidad y justicia social, la ideología de la desigualdad vocifera que toda revuelta significa el desorden, el cual desembocará en dirigirse «derecho hacia la inestabilidad política y el caos permanente, lo que terminará por darse vuelta contra los más modestos». Piketty llama a esa contraofensiva del miedo «la respuesta propietarista intransigente», cuyo principio de acción «consiste en que no hay que correr ese riesgo, que esa caja de Pandora de la redistribución de la propiedad nunca se debe abrir».

  9. Piketty gran economista de talla mundial. Según The Economist, el 1% de la población detenta actualmente un 43% de los activos del mundo. «El mensaje de Piketty es que esta situación va a continuar a menos que se tomen medidas como un impuesto global para las rentas altas de hasta el 80 %, que se completaría con un gravamen sobre el patrimonio del 10 % anual. Todo, para que el gasto público se incremente hasta el 66 % del PIB», explica la BBC. Grandes aportes de este estudioso para los emptendedores.

  10. Comprender la historia conjunta del capital y la ideología/desigualdad equivale a «elaborar un relato más equilibrado y a trazar los contornos de un socialismo participativo para el Siglo XXI; es decir, imaginar un nuevo horizonte igualitario de alcance universal, una nueva ideología de la igualdad, de la propiedad social, de la educación y del reparto de los saberes y de los poderes, más optimista ante la naturaleza humana». Importantes aportes de este artículo, me hizo profundizar en un tema que no conocía.

  11. Sea como sea, Piketty ha sido invitado a la Casa Blanca y al FMI, al tiempo que es reivindicado por colectivos anticapitalistas como Occupy Wall Street y hasta el actual inquilino del Elíseo, François Hollande -a quien apoyó durante la campaña de 2012, para luego vituperar su «tibia reforma fiscal»- le elogia con la boca chica.

  12. “En América Latina las élites económico-financieras todavía deben enfrentar las reformas fiscales y sociales necesarias para que la mitad de abajo de la población, los dos tercios de abajo, tengan acceso a la clase de servicios educativos, de salud, a los que no siempre acceden”.
    Excelente artículo. Felicitaciones.

  13. Thomas Piketty es uno de los economistas más influyentes de este siglo en todo el mundo, es un referente para todos los políticos y gobernares en el tema de la desigualdad económica, su obra es extraordinaria porque abarca un estudio desmenuzado de todos los continentes y estudia a profundidad el tema de la pobreza. Brillante artículo.